A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.

Jesús tosía de una manera horrible.

—Estáte tú aquí—le dijo Manuel—. Voy a ver si encuentro algo que comer.

Salió a la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar a Jacob; se dirigió hacia el Viaducto, e iba distraído cuando sintió que le cogían de los hombros y le decían:

—Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?

Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.

Manuel le contó lo que les pasaba a su amigo y a él.

—No hay que apurarse; ya vendrá la buena—murmuró el Hombre Boa—. ¿Tú tienes algún sitio a dónde ir?

—Una tejavana.

—Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los tres.