Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró hacer fuego dentro del cobertizo.

Por la tarde empezó a llover a torrentes; el Hombre Boa se creyó en el caso de amenizar la reunión, y comenzó a contar historias sobre historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en América...»

—Una vez en América—(y esta historia es la menos insubstancial de las que contó)—íbamos navegando por el Mississipí en vapor. Os advierto que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos a un pueblo; se detiene el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos carabineros y soldados yanquis.

Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije a mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm... búm... tra... la... la... No os podéis figurar los gritos y chillidos y graznidos de aquella gente.

Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso a hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté a uno de los yanquis:—¿Quién es esa señora?—Es la reina—me dijo—, y desea un poco más de música. Yo la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas reverencias y echando un pie hacia atrás), y les dije a los de la banda: «Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron a tocar, y la reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo hice lo mismo: ¡Muy señora mía!

Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré a pensar en el programa. Yo era el director.—Hay que hacer el «Indio a caballo»—me dije—; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo conocerán. Luego sacaré equiyeres, acróbatas, equilibristas, pantomimistas, y al último, los clauns, que darán el golpe. Al que iba a hacer el «Indio a caballo» le advertí:—Mira, tú ponte lo más parecido a ellos.—Descuide usted, señor director.—Muchachos: fué un éxito sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!

Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los movimientos del que va a caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando con ojos desencajados a un punto, y hacía como si volteara el lazo por encima de su cabeza.

—El «Indio a caballo»—prosiguió don Alonso—se ganó los aplausos de los demás indios. Pa mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los clauns. Ahora sí que va a haber jaleo—pensé yo—; y, efectivamente, no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se divierten!—pensaba yo—, cuando viene un mozo a decirme:—¡Señor director! ¡señor director!—¿Qué pasa?—El público entero se va.—¿Qué se va?—Nada, los indios se habían asustado al ver a los clauns, y creían que eran demonios que habían ido allí a aguarles la función. Entro en la pista, y sacó a los clauns a trompicones. Luego, para quitar a los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de manos. Cuando empecé a echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.

Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban a dormir, tirados en el suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba a llover a torrentes; el agua caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento silbaba y gemía a lo lejos.

Empezó a tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los truenos.