—¡Vaya una tempestad!—murmuró Jesús.
—¡Las tempestades de tierra!—replicó don Alonso—. ¡Valiente filfa! Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar hay que verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en América...
Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas a los indios y les sacaba la pecera.
No pudieron dormir, tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de sitio, porque entraba el agua por el tejado.
A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, husmeaban en los montones de basura.
Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la prenda y fueron los tres a comer a la Tienda-Asilo de la Montaña del Príncipe Pío.
Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas a preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron a la Tienda-Asilo a cenar. Propuso don Alonso ir a dormir al Depósito de mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos andrajosos a la puerta del Depósito, esperando a que abrieran; Jesús y Manuel fueron partidarios de no entrar allá.
Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.
El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de golfos.
Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad y mugre; el suelo de tierra apisonada, estaba agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas muertas y secas.