Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste; a lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se despoblaba, iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros marchaban por el Arroyo de Embajadores.
Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y de la miseria.
—Si los ricos vieran esto, ¿eh?—dijo don Alonso.
—Bah, no harían nada—murmuró Jesús.
—¿Por qué?
—Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de hambre le quita usted la mitad de su dicha.
—¿Crees tú eso?—preguntó don Alonso mirando a Jesús con asombro.
—Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente, mientras nosotros...
Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara mal de los ricos.
Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las escombreras de la Fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron a llegar carros y a verter cascotes y escombros. En las casuchas de la hondonada, alguna que otra mujer se asomaba a la puerta con la colilla del cigarro en la boca.