Una noche, el sereno de las Injurias sorprendió a los tres hombres en la casa desalquilada y los echó de allí.
Los días siguientes, Manuel y Jesús—el titiritero había desaparecido—se decidieron a ir al Asilo de las Delicias a pasar la noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento o en un Asilo, iban viviendo.
La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias fué un día de Marzo.
Cuando llegaron al Asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, a cuyas puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.
Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad a la cual un cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes, hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo rota, algún horno de cal derruído. Sólo a largo trecho se destacaba una huerta con su noria; a lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en grupos de tres y cuatro.
Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los Tres Ojos.
Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba a la derecha, camino de Yeseros arriba, próximo a unos cuantos cementerios abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera, le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.
Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron en el Asilo. La parte destinada a los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde a lo largo, sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...
Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.
Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.