—Aquí no corre tanto el aire—dijo un viejo mendigo que se preparaba a tenderse cerca de Manuel.
Unos cuantos golfos de quince a veinte años hicieron irrupción en la sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.
—¡Qué tunantes sois!—les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel—. Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!
—¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!—replicó uno de los golfos.
—Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el tambor—dijo otro.
—¡Granujas! ¡Golfos!—murmuró el viejo con ira.
Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó en el suelo.
—Es que estos granujas nos desacreditan—explicó el viejo—; el año pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una cañería.
Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él un viejo alto, de barba blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco a seis años.
Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello, corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo del esplendor de la vida pasada.