La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rodando de un lado a otro, no se había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.
—Antes se estaba bien en este Asilo—explicaba el viejo a Jesús—; había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el mundo se le daba una sopa.
—Sí, una sopa de agua—replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y tostado por el sol.
—Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro de lo triste, era cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto, escribía a su mujer dándole esperanzas.
El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué al Gobierno civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo y a él a un Asilo.—No llevo al Asilo sino a los que piden limosna—le dijo el guardia.—Yo voy a pedir limosna—le contestó él con humildad—, puede usted llevarme.—No, pida usted limosna y entonces le cogeré.
Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las Delicias.