—Pues si le llegan a coger no adelanta usted nada—dijo el de los anteojos—; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.

—Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?—preguntó la persona decente.

—Echarlo fuera de Madrid.

—Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?—dijo Jesús.

—La mar—contestó el viejo—, por todas partes. Ahora, que en el invierno se tiene frío.

—Yo he vivido—añadió el mendigo joven—más de medio año en Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y después tapábamos el agujero con pez.

—¿Y por qué se fueron ustedes de allí?—preguntó Manuel.

—La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...

—¿Y usted ha andado mucho por ahí?

—Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.