El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, indicó a Jesús los rincones que había en las afueras.
—A donde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es a un camposanto que hay cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta primavera.
Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo partido.
—Te daré dinero—murmuraba uno entre dientes.
—Suelta, que me ahogas.
El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó el garrote y dió un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió bramando de coraje.
—Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra—gritó.
Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de bruces.
—Estos granujas nos están desacreditando—exclamó el viejo.
Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y sibilantes...