Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se desparramaron al momento por aquellos andurriales.

Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz en el aire negro de la noche.

De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.

Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo, lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color ictérico; a la izquierda el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...

CAPÍTULO VII

La Casa Negra.—Incendio.—Fuga.

Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.

—Tenemos que ir a ese pueblo—murmuró Jesús.

—¿A cuál?

—A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.