—Bueno.
Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron a la puerta de la estación, a la salida de los viajeros, con la idea de ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.
Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo a un coche. El señor le dió unas perras.
Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando vieron un simón y detrás del coche, corriendo a todo correr, a don Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.
—¡Eh!, ¡eh!—le gritó Manuel.
Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó a Jesús y Manuel.
—¿Adónde iba usted?—le preguntaron.
—Detrás de ese coche para subirle el baúl a casa a ese caballero; pero estoy cansado, ya no tengo piernas.
—¿Y qué hace usted?—le preguntó Manuel.
—¡Pse!... Morirme de hambre.