—¿No viene la buena?
—¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en Uaterlú, ¿verdad?, pues mi vida es un Uaterlú continuo.
—¿A qué se dedica usted ahora?
—He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno—añadió mostrando a Manuel una cartilla, cuyo título era: Las picardías de las mujeres la primera noche de novios.
—¿Es bueno esto?—preguntó Manuel.
—Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no. ¡Yo, dedicado a estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en Niu Yoc!
—Ya vendrá la buena.
—Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí a una Casa de Socorro, porque ya no podía más.—¿Que tiene usted?—me preguntó uno.—Hambre.—Eso no es enfermedad—me dijo. Entonces me eché a pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y allá, a las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo, que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está por allá, hacia el río.
Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y por la tarde el Hombre Boa fué a su centro de operaciones del barrio de Salamanca.
—Peseta y media he sacado hoy—les dijo a Manuel y a Jesús—. Vamos a cenar.