Cenaron en el parador de Barcelona, de la calle del Caballero de Gracia, y después el resto lo emplearon en aguardiente.

Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas, próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de ella más que las cuatro paredes, cortadas a la altura del primer piso.

Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual sobresalían unas cuantas vigas negruzcas, derechas, como las chimeneas de un pontón.

Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos; otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto; sujetas a las paredes.

Don Alonso tenía su rincón y llevó allí a Manuel y a Jesús.

El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos en el río, y pedazos de estera.

—¡Qué moler!—dijo don Alonso al tenderse—; siempre hay que andar buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!

—¿Para qué?—le preguntó Jesús.

—Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.

—¡Ya vendrá la buena!—dijo irónicamente Manuel.