—¿En dónde vive usted?
—Hasta hace unos días...
—¿Dónde vive usted ahora?, le pregunto, imbécil.
—Ahora, pues...
—Pon sin domicilio—dijo uno de los escribientes al otro.
Después tomaron la filiación a Manuel, y éste y el viejo volvieron a sentarse sin hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
Los del orden paseaban por el cuarto, charlando; a veces se oía sonar el repiqueteo de un timbre.
De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con una gran inquietud en los ojos.
Se acercó a los dos escribientes.
—¿Podría ir alguno... a mi casa..., un médico...? Mi madre se ha caído y se ha abierto la cabeza.