El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó; después, volviéndose y mirando a la mujer de arriba abajo, dijo con una grosería y una bestialidad épicas:
—Eso a la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso—; y volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por la Delegación; se decidió a salir, dió buenas noches, que nadie contestó, con voz desfallecida, y se fué.
—¡Cagatintas! ¡Canallas!—murmuró don Alonso en voz baja—. ¡Qué les costaba haber enviado algún guardia para que acompañara a esa pobre mujer a la Casa de Socorro!
Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa más de dos horas, y al cabo de éstas los guardias les hicieron entrar en un cuarto, en donde se paseaba un hombre alto, de barba negra, peinado a lo chulo, con aspecto de jugador o de croupier.
—¿Qué son éstos?—preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
—Son dos que iban a dormir a la iglesia de San Sebastián—dijo el guardia—; no tienen domicilio.
—Perdone usted—dijo don Alfonso—; accidentalmente...
—Llevarlos a que pasen la quincena—dijo el hombre alto.
No dieron tiempo a don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
Los dos guardias les obligaron a bajar las escaleras y les metieron en un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.