—En fin, ya vendrá la buena—dijo don Alonso, sentándose y lanzando un profundo suspiro.

Manuel, a pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.

—¿Por qué te ríes, hijo mío?—preguntó don Alonso.

Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir mucho; se quedó con un humor fúnebre.

—¡Qué diría Jesús si estuviera aquí!—murmuró Manuel—. En la casa de Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar a descansar; el sacristán le entrega a uno a los guardias, los guardias le meten a uno en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted a saber lo que nos harán después! Yo tengo miedo de que nos lleven a la cárcel, si es que no nos ahorcan.

—No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!—murmuró don Alonso.

—En eso estarán pensando.

Serían la una o las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del chiquero, y conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel salieron a la calle.

—Pero, ¿adónde nos llevan?—preguntó don Alonso un poco asustado.

—Usted siga para adelante—le contestó el guardia.