—Esto es una arbitrariedad—murmuró don Alonso.
—Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo—replicó el guardia.
Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha escalera, tuvieron que bajar a una sala de techo bajo, iluminada por un quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez o doce guardias de Orden público, vestidos y calzados.
De esta sala bajaron por una escalerilla a un corredor estrecho, a uno de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de estas hicieron entrar a don Alonso y a Manuel, y cerraron tras ellos.
Un hombre y unos cuantos chicos sé les acercaron a mirarles.
—Esto es una arbitrariedad—gritó don Alonso—. Nosotros nada hemos hecho para que se nos encarcele.
—Ni yo tampoco—murmuró un mendigo joven, a quien, según dijo, habían cogido pidiendo limosna—; luego, aquí no se puede estar.
—¿Qué pasa?—preguntó Manuel.
—Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
—Y es verdad—replicó uno de los golfos—. Hemos estado pasando la quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar a la puerta, nos volvieron a coger a todos y nos trajeron aquí.