A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo a la pared, desnudo, con las piernas encogidas, se abrigaba con una capa raída el enfermo, y al moverse dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
—¡Agua!—murmuró con voz débil.
—Ya se la hemos pedido al sargento—dijo el mendigo—; pero no la trae.
—Esto es una salvajada—gritó el Hombre Boa—, esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso de don Alonso, tuvo a bien callarse.
—Ese otro—agregó el golfo riéndose y señalando a uno escondido en un rincón—tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
—¿Y qué van a hacer de nosotros?—preguntó Manuel.
—Nos llevarán a la cárcel a pasar quince días—contestó el mendigo.