—¿Y allí se come?—preguntó el Hombre Boa saliendo del fondo de su ensimismamiento.

—No siempre.

Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de imprecaciones y de lloros.

—¡Leñe, no empuje usted!

—¡Moler con el hombre!

—Anda, anda para adentro—decía una voz de hombre.

Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban a insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al jefe de la Higiene.

—No queda una madre sana—hizo observar don Alonso.

Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de encerrar a las mujeres, un sargento de Orden público se acercó a la jaula de los hombres.

—Señor sargento—dijo don Alonso—, que aquí hay un hombre que está malo.