Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto a otro, y por la mañana fueron a la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el desayuno de los dos compañeros.
Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
—¿Adónde vamos?—preguntó Manuel.
—Aquí, a un convento de trapenses que hay cerca de Getafe, en donde nos darán de comer—dijo el repatriado.
Manuel aceleró el paso.
—Vamos de prisa.
—No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que, aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar; tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja arrollada al cuello, y en la mano un garrote.
Llegaron al convento, pasaron a la portería y se sentaron en una mesa, en donde seis o siete hombres esperaban.