—Yo, no. ¿Por qué?

—Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.

—Pues es una lástima que no sepamos hacer nosotros una copla. ¿Cómo se llama el rector?

—Domingo.

—Pensó Manuel una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima de la mesa.

Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos, todos menos uno sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo repulsivo, con el labio inferior hinchado, ulceroso y saliente.

—Espere usted, compadre—dijo el repatriado antes de que metiera el otro la cuchara—. Nosotros vamos a echar el rancho en la tapa del caldero, y de allí comeremos.

—¡No sé qué tengo yo!—murmuró el mendigo.

—¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.

Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego, salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.