Hacía una tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una manera violenta, y cuando la cólera o la indignación le dominaban, se ponía densamente pálido.

Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del ejército antes de fantásticas batallas, porque los cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí»; y se le quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.

—Y al llegar a Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!—terminó diciendo—. Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a preguntas cuando llegue a España.» Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender la patria! ¡Que la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: «Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido la isla.» Es también demasiado amolar esto...

Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y fueron hacia Madrid.

CAPÍTULO IX

Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.—Suena un tiro.—Calatrava y Vidal.—Un tango de la bella Pérez.

Las noches que no hace mucho frío—dijo el repatriado—yo suelo ir a dormir a esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres que vayamos hoy?—añadió.

—Sí, vamos.

Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban entre aquella gasa flotante con una luz morada.

Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia. Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles. Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada una barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron a la hondonada, y en un cobertizo se cobijaron y se tendieron a dormir. Hacía fresco; pasaban por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las manos en el bolsillo del pantalón, y quedó profundamente dormido.