Rumor chillón de cornetas le despertó.
—Es la guardia de Palacio—dijo el repatriado.
La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron; salieron del cobertizo dispuestos a huir; no vieron nada.
—Es un joven que se ha suicidado—dijo un hombre de blusa que pasó corriendo delante de Manuel y del repatriado.
Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron a un muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta, le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de oro.
—Vamos a escaparnos, no vaya a venir alguno—dijo Manuel.
—No—contestó el repatriado.
—Volvió a entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las sortijas y el reloj, y apretó la tierra con el pie.
—En la guerra, como en la guerra—murmuró después de ejecutar su maniobra con una rapidez extraordinaria—. Ahora—añadió—vuélvete a echar y hazte el dormido, por si acaso.