Calatrava resultaba un tipo raro, a primera vista casi ridículo; tenía una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos o tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna natural que en la de madera; una chaquetilla corta, más obscura que el pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.

Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero hongo y un pañuelo de seda en el cuello.

Al verle, exclamó Manuel:

—¡Vidal! ¿Eres tú?

—Sí, chico. ¿Qué haces aquí?

—¿Le conoces a éste?—preguntó Calatrava a Vidal.

—Sí; es primo mío.

Marcos explicó a Vidal lo que quería el repatriado.

—Ahora mismo—contestó Vidal—; no tardo diez minutos.

Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; a Manuel le tocaron cinco duros.