—Sí; pero hace ya mucho tiempo.
—Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como quien va a una cita. Era el Bizco, estoy seguro.
—¿Y no le han cogido?
—No.
Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse. Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.
—!Menuda carpanta tienes tú, gachó!—dijo Vidal ya tranquilizado, sonriendo.
—¡Dios!, si tenía un hambre...
Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.
Mientras saboreaban el café, Manuel contempló a Vidal. Llevaba la cabeza muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus frases; no acompañaba a la afabilidad de su palabra cariñosa y de su sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que desconfianza y cautela.