Entraron los cinco en una buñolería.

—Este señor con quien he ido—dijo la Engracia—es un pintor, y me ha dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de desnudo.

A la Rabanitos le sublevó la noticia.

—¿Pero qué vas a servir tú para eso, si no tienes tetas?—dijo con su vocecilla aguda.

—No, las tendrás tú.

—No es por ponerme moños—contestó la Rabanitos—; pero estoy mejor formada que tú.

—¡Magras!—replicó la otra, y sin hacer caso se puso a hablar con Vidal. La Rabanitos le cogió a Manuel por su cuenta y le contó sus penas con una seriedad de vieja.

—Chico, estoy derrengá—le decía—, porque como una es débil y no tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la ven a una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone a una el pie encima.

Manuel oía hablar a la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le permitían darse cuenta de lo que oía. Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz e irónica. Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron a insultar a todos los que estaban en la buñolería.

—¿Quién son ésas?—preguntó Manuel.