Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre o de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.
Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le vino a la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y la conversación en la buñolería con la Rabanitos.
—¿Habrá venido la buena?—se preguntó a sí mismo. Se incorporó en la cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué hacer. Si me ven vestido así, me echan—pensó; y en la vacilación volvió a meterse entre las sábanas.
Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era Vidal.
—Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?
—Si me ven con eso me echan—replicó Manuel señalando sus andrajos.
—La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta—dijo Vidal contemplando la indumentaria de su primo—. Vaya unos zapatitos de baile—añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor—. Es de la última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias ¡Estás apañado!
—Ya ves.
—Pues no vas a estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa mía; creo que te vendrá bien.