—Sí, tu eres un poco más alto.

—Bueno, espera un momento.

Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió a la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.

—Tienes el pie pequeño—murmuró Manuel—. Has nacido para señorito.

Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.

—Algunas señoritas darían algo por estos pinreles verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y a ti?

—A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.

—¿Para qué?

—Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.

Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.