—A ti.
—Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total ná. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.
—¿Y cómo?
—Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca, era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el Abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día, que cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó! tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues, ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.
—¿Volviste a coger otras lámparas?
—No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
—Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente a San José a meterme por la calle de las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...!—Déjeme usted—dije yo—. Calla, si no llamo a uno del Orden (Yo me callé)—. Te he visto como limpiabas el reloj a ese pimpi.—¿Yo?—Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido—. Vamos—pensé yo—; este es un vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna y allí el hombre me habló claro.—Mira—me dijo—, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al Abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas, compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.
—¿Y le diste el reloj?