—Todo eso que dices—replicó Vidal—es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no, ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos... y ya ves, vivo.

—Bueno; tendrás algún secreto.

—Puede ser.

—Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?

—Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?

—Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.

—Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente de ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo te digo con franqueza, ¿por qué no?, yo no soy valiente...

—Ni yo tampoco—exclamó Manuel.

—¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.

—¿A mí?