—¿Sí?

—Ya lo creo.

—Pues lo he visto en el Círculo.

—Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con ésa, que es la Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces ya se dedicaba a perista; conocía a todos los inspectores y estaba liada con un matón que llamaban el Ministro y a quien le mataron en la calle de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.

Al día siguiente el Garro volvió a reunirse con Manuel y le preguntó quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.

—Le advierto a usted que son dos pájaros de cuenta—le dijo el policía.

—¿Sí, eh?

—¡Uf, que se pierden de vista! El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se meta usted con él, porque es capaz de todo.

—¿Tan fiero es?

—Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos Calatrava y es de buena familia. Hace dos años cursaba Medicina.