—Bueno—contestó alegremente Manuel—; me alegro de no ser soldado.
Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha gente empleada allá: varios croupiers muy atildados con las manos limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros que vigilaban a los que entraban y a los ganchos.
Eran todos tipos sin sentido moral, a quienes, a unos la miseria y la mala vida, a otros la inclinación a lo irregular, había desgastado y empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.
Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su conciencia.
CAPÍTULO II
El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro. Confidencias.
Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el café de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con ella, y Manuel se acercó a su primo.
—¿Qué hablabas con ese?—le preguntó Vidal al verle.
—Nada, de cosas indiferentes.
—Te advierto que es uno de la policía.