—Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete a la hija a bailarina, va a abrir un salón.

—Esa Coronela, ¿es cubana?—preguntó Manuel.

—Sí.

—La conozco, y conozco también a un amigo suyo que se llama Mingote.

El policía miró con cierta reserva a Manuel.

—Puede usted decir—le dijo—que conoce usted lo peorcito de Madrid. Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote fué el que organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.

Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de humor triste, e hizo lamentables confidencias a Manuel.

Fueron a un teatro, pero no había gente; entraron en un café, y después de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran a tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.

Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero a remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les reanimó a los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas chuletas.

—Hay que olvidar—dijo después de dar estas disposiciones.