Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó Vidal.
Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba atentamente.
—No sabía la historia de Calatrava—dijo al concluir Vidal.
—Pues historia por historia—repuso Manuel—. Dime tú: ¿Quién es ese Maestro?
—El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?
—No.
Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía la más a propósito para comparar al Maestro.
—Bueno; pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que sabe cuatro o cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo; y une a esto que es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego, ¡chiquillo!, le ves medio llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle o le ha pedido limosna una golfilla.
—¿Y cómo se llama?
—¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido a su padre y a su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando tenía diez y siete años.