—Pronto empezó.

—Sí; le prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo cuenta él mismo. Un día parece que fué el juez a tomar declaración a un preso, y estando el escribiente copiando la declaración, le dió un mal y tuvieron que llevarle a casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso a escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada a los autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado a escribir el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y otro eran iguales.

—¡Qué tío!

—Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, en el Saladero, conoció a un falsificador célebre, y entre los dos, desde la misma cárcel, le sacaron a un francés cuarenta mil duros por el registro del entierro.

—¡Qué bárbaros!

—Dieron cinco o seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban a uno:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba; le preguntaban al otro:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba también. No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió meterles a cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta por la que habían venido a saber que estaban preparando un entierro; y, ¡chico!, los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando con duques y marqueses.

—¡Rediez!—dijo Manuel admirado—. ¿Y el compañero del Saladero vive?

—No; creo que murió en América.

—¿Ha estado allá también el Maestro?

—En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado diez o doce falsificaciones.