—¿Será rico?
—Sí, seguramente.
—¿Y qué hace con el dinero?
—Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia y que le dejaría una fortuna.
—¿Y dónde vive ese hombre?
—Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando la guitarra y besando el retrato de su hija.
—Sería curioso saber lo que hace.
—No lo hagas; a mí me entró la misma curiosidad. Un día le ví salir de un juego de bolos de los Cuatro Caminos. «Vamos a ver lo que hace este punto», me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día siguiente el Cojo me dijo:
—No vuelvas donde estuviste ayer, si no quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he vuelto.
Era curiosa la vida, pura y sencilla, de aquel hombre, metido en combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba a su primo como quien oye un cuento.