—¿Y la Coronela?—le preguntó.

—Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de ella porque es una tía ordinaria, y luego se lió con ese militar. Es una tía sucia y mala.

—Es mala, sí. Desde el primer día que la ví me lo pareció.

—¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, cuando algún señorito seguía a alguna de sus hijas, le hacía subir a su casa, y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va a los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está haciendo con el hijo es todavía peor.

—¿Pues qué hace?

—Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.

—¡Cristo!—murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa—. Eso es demasiado. Hay que denunciar eso.

—Calla, que viene gente—advirtió Vidal.

Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la taberna.

Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas presentaba el aspecto del joven decrépito.