La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño, que encuadraba su rostro y caía sobre el pecho.
En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía nerviosamente los labios.
Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las barbas hacía preguntas y más preguntas a la muchacha, y ésta contestaba con gran descoco.
Manuel y Vidal se pusieron a escuchar.
—¿De veras eres partidaria del amor libre?—decía el de las barbas.
—Sí
—¿No quisieras casarte?
—Yo, no.
—Es una mujer indiferente—interrumpió el de las patillas—; no comprende esas cosas de cariño.
—Bah, no lo creo.