—Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta—murmuró el viejo con voz aguardentosa.

—¿Y tu mujer?—preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de una avispa o de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba a decir algo, pinchaba, y quedaba ya tranquila y satisfecha por un momento.

El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas siguió preguntando a la muchacha:

—¿Pero tú no has querido a nadie?

—Yo no; ¿para qué?

—Si te digo que es fría como el mármol—murmuró el de la facha de peluquero.

—Cuando le conocí a éste—añadió ella riéndose y señalando al de las patillas—tenía un hombre que me había puesto un cuarto, y la patrona de la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves, ninguno notó nada.

—Es terrible—exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y vaciándolo—; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen corazón. Pero de veras, dime de veras: ¿no has querido nunca a nadie?

—A nadie, a nadie.

—¡Si te digo que es fría como el mármol!—repitió el hombre con facha de peluquero—. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella! Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme a hablarla; y luego, al conseguirla, supe que era una mujer a quien se dice: «¿Mañana estás libre a tal hora?» «Sí.» «Pues mañana nos veremos.»