—Como quien avisa o un afinador de pianos—repuso el de la barba, encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos—. Es terrible—añadió; y después, con un arrebato de ira, golpeó la mesa con el puño e hizo tambalearse los vasos.
—¿Qué te pasa?—preguntó el viejo.
—Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.
—Bah, yo creo que te sientes borracho—interrumpió el de las patillas.
—¡San Dios! Porque tú seas un indecente burgués dedicado a los negocios...
—Si tú eres más burgués que yo.
El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado; luego, dirigiéndose a la muchacha, con voz iracunda, la dijo:
—Dile a este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe callar. La culpa la tenemos nosotros, que le otorgamos la beligerancia.
—¡Pobre hombre!
—¡Idiota!