—Si eres más pesado que un artículo tuyo—gritó el de las patillas—; y todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces a ti mismo imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los coges de cualquier parte...

La palidez del de las barbas hizo callar a su contrincante, y siguieron los tres hablando en tono tranquilo.

De pronto el viejo se puso a chillar.

—Pues no será una persona decente—decía.

—¿Por qué no?—replicaba la mujer.

—Porque no. Será carpintero, basurero, o ladrón, o hijo de mala madre, porque una persona decente no sé a qué se va a levantar por la mañana.

Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus tres acompañantes.

—Ahora va uno a casa—murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre—, arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.

Al salir los cuatro a la calle Vidal fué detrás de ellos.

—Voy a enterarme quién es ella—le dijo a Manuel—. Hasta mañana.