Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, a la Bombilla.

En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel estuvieron callados.

La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo de la vida.

Al anochecer, las tres parejas volvieron a Madrid y cenaron en un cuarto del café Habanero.

Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros, menos la Justa, que calló.

Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la vida irregular que llevaban.

—Yo entré en la vida—dijo la Flora—porque no veía otra cosa en mi casa. No he conocido padre ni madre; viví hasta los quince años con mis tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían a una señora que tenía casa de compromiso, acudían a la cita, y volvían con el dinero tan contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo: «No; para trabajar, prefiero ser golfa»; y me lancé a la vida.

La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban Petra la Aragonesa.

—Yo—dijo con voz grave—fuí deshonrada por un señorito; vivía en Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero, y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza pensé venir a Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas. Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos a Madrid. En la estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos a andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir adónde cae ni qué nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el sonido de un organillo. Entramos; dos chulos se pusieron a bailar con nosotras, y nos llevaron a una casa de la calle de San Marcos.

Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo: «Anda, trae el dinero que llevas y vamos a comer aquí mismo.» Yo dije que nones. Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta, con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó a quedarnos allá. Yo no quise tomar nada, y me fuí. La otra le dió todo el dinero que tenía al chulo, y se quedó. Luego, el hombre aquel la sacaba el dinero y la pegaba.