—¿Y vive todavía en la casa tu compañera?—preguntó Vidal.
—No; la traspasaron a una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.
—¿Para qué fué?
La Aragonesa se encogió de hombros.
—Es que las mujeres de la vida son muy bestias—dijo Vidal—; no tienen entendimiento, ni conocen sus derechos, ni nada.
—¿Y tú?—preguntó Calatrava a la Justa.
La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.
—Esta será alguna princesa rusa—dijo con sorna la Flora.
—No—replicó la Justa secamente—; soy lo que eres tú, una tía.
Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó a la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.