Al llegar al portal, Manuel iba a despedirse, esquivando su mirada; pero ella le dijo: «Espera.» Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos, el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su linterna, y comenzaron a subir la escalera. A la luz de la cerilla, la sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta con un llavín y pasaron los dos adentro, a un cuarto estrecho con una alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo lo mismo.
Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No comprendía para qué la Justa le había hecho subir a su casa; se encontraba cohibido ante ella, y no se atrevía a preguntarle nada.
Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:
—¿Y tu padre?
—Bueno.
De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó a llorar. Debía de sentir un gran deseo de contar a Manuel su vida, y lo hizo sollozando, con palabra entrecortada.
El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que marcharse al hospital. Cuando fué su padre a San Juan de Dios y la vió boca arriba con unos tubos de goma en las inglés abiertas, creyó que la iba a matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto. Ella se echó a llorar desconsolada; una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te echas a la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando la dieron el alta fué a ver a la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces, ya a la noche, salió dispuesta a todo. Estaba en la calle Mayor, cuando se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano, y le dijo: «Anda para adelante.» Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor obscuro a un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó a leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que veinte o treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.
—Allí pasé una noche desesperada—concluyó diciendo la Justa—; al día siguiente me llevaron a reconocimiento y me dieron cartilla.
Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel contó su vida tranquilamente: los recuerdos se engarzaron unos con otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.
—También es casualidad—dijo la Justa.