—No; que no tendría petróleo—repuso Manuel—. Bueno, yo me voy.

Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.

—¿No tienes cerillas?—preguntó ella.

—No.

Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una silla y se detuvo.

La Justa abrió el balcón que daba a la calle y Manuel pudo ver algo y dirigirse hacia la puerta.

—¿Tienes la llave de la casa?—dijo.

—No.

—Y entonces, ¿cómo voy a salir?

—Tendremos que llamar al sereno.