Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada. Esperaron a que se viera el farolillo del sereno.

La Justa se acercó mucho a Manuel; éste le pasó el brazo por el talle. Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad hacia la alcoba.

Había que aceptar las cosas tal como venían, Manuel prometió a la Justa que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir a vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo, pero en seguida hacían las paces.

Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta de la casa de juego, llegaba la Justa cansada de rodar por cafés, colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.

Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en la casa y al subir las escaleras sola, sentía un miedo y un remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la conciencia.

Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se acostaba junto a él, sin despertarle, temblando de frío.

Manuel se iba acostumbrando a aquella vida y a sus nuevas amistades; no se atrevía a intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo a los Cuatro Caminos y a la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, como una cosa providencial.


Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las bellezas sensacionales que habían de exhibirse aparecieron las bailarinas y cupletistas de más nombre: las Dalias, Gardenias, Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba explotar a su niña como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.

—Aplaudirán ustedes, ¿eh?—preguntó la Coronela.