—Descuide usted—dijo Calatrava—; y al que no le guste, mire usted qué argumento le traigo—y mostró su garrote.

Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnaldas de flores y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos a dar la enhorabuena al padre de la Chuchita.

Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente. Entraron todos en la alcoba.

—Que sea enhorabuena, mi Coronel.

El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna que aquello significaba.

—¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?—preguntaba el padre desde su cama.

—Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.

—Si las bailarinas son como los militares: en cuanto llegan al terreno se crecen.

Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas burlonas, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París.

La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama, se preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.