Subieron la calle Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la ejecución.
Dejaron el coche frente a la Cárcel Modelo.
Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.
Dieron vuelta a la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja abierta en la arena, basta salir a los desmontes próximos a la calle de Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban de vez en cuando un alerta largo, que producía una terrible impresión de angustia.
—¡Qué triste es esta casa!—murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí encerrada!
—Pse... que los maten—replicó la Justa con indiferencia.
Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.
—¿Pa qué roban?—replicó ésta.
—Y tú, ¿por qué...
—Yo para comer.