—Pues ellos también para comer.
La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia. Había ido con la hija de la portera de su casa.
—Allí estaba el patíbulo—y señaló el centro de una tapia frente a la capilla—. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de estar ya muerta de espanto; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz alzada se puso delante de la Higinia, la ató el verdugo con unas cuerdas por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas a la rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan raída sobre el palo.
—Después—terminó diciendo la Flora—la otra chica y ella tuvieron que echar a correr, porque los guardias civiles dieron una carga.
Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.
—Estas cosas me matan—dijo poniéndose una mano sobre el corazón.
—¿Para qué has querido venir?—le preguntó Manuel—. ¿Quieres que volvamos?
—No, no.
Salieron a la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de artillería; presentaba un aspecto extraño a la luz vaga del amanecer. Se detuvo el escuadrón frente a la cárcel.
—A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte—decía un vejete, a quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución debía parecer en extremo desagradable.