y a presumida no hay quien te gane.»
—¡Indecente!—gruñó la gorda.
El hombre con facha de gitano se acercó a Manuel para decirle que aquella señora (la Justa) estaba faltando a la suya y que él no podía permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, a pesar de esto, contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se había faltado a nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros, desvergonzado por razón de oficio.
—Calla, ¡leñe!—gritó Calatrava, dirigiéndose a la Justa—, y tú calla también—dijo al organillero—, porque si no te voy arrimar un estacazo.
—Vamos nosotros adentro—indicó Vidal.
Pasaron las tres parejas a un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un barandado de palitroques que daba al Manzanares.
En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla a otra.
Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y a las preguntas que le hicieron no contestó; y luego, sin saber por qué, empezó a llorar amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se tranquilizó y quedó alegre y jovial.
Comieron allá opíparamente y salieron un momento a bailar a la carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al Bizco por delante del merendero.
—¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?—se preguntó.